Paso 115: The arguments of a polygamist (in the life after death) on why his approach to marriage is best

     

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Question to Consider:

How many "monogamous" men have similar outlooks on women and wives? How common is it today? How might it subtly influence the thoughts of most men at one time or another?


Delicias de la Sabiduría sobre el Amor Conyugal #78

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Por Emanuel Swedenborg

78. Cuarto Memorable.

Dos días después, de nuevo habló conmigo el ángel, diciendo: “Completemos el período de las Edades. Todavía falta la Edad última, la cual por el Hierro es nombrada. El pueblo de esa Edad se halla en el norte por el lado del occidente, adentro, o en su extensión. Aquellos son todos los antiguos habitantes del Asia, entre los cuales estaba la Antigua Palabra, y desde aquél el culto. Por consiguiente, de antes del Adviento de nuestro Señor al mundo. Esto se constata desde las Escrituras de los Antiguos, en las cuales los tiempos aquellos son así nombrados. Las mismas Edades se entienden por la Estatua vista por Nabucodonosor, cuya cabeza era de Oro, el pecho y los brazos de Plata, el vientre y los muslos de Bronce, las piernas de Hierro, y los pies de Hierro y también de Arcilla” (Daniel 2:11, 32, 33).

[2] Estas cosas me dijo el ángel en la vía, la cual era contraída y anticipada mediante las mutaciones del estado de nuestras mentes, inducidas según los genios de los habitantes, por entre los cuales atravesábamos. Pues en el mundo espiritual, los espacios y de ahí las distancias, son apariencias según los estados de las mentes.

Cuando elevamos los ojos, he aquí estábamos en una floresta consistente en hayas, encinas, y alcornoques. Y cuando contemplamos en derredor, se vieron allí osos a la siniestra, y leopardos a la diestra. De lo que, cuando me maravillé, dijo el ángel: “No son ni osos ni leopardos, sino que son hombres, quienes custodian a estos habitantes del norte. Captan con las narices las esferas de vida de los transeúntes, e irruyen en todos quienes son espirituales, porque los habitantes son Naturales. Aquellos quienes tan solo leen la Palabra, y nada apuran de doctrina de ahí, aparecen desde lo longincuo como osos; y quienes de ahí confirman cosas falsas, aparecen como leopardos.” Pero aquellos, una vez que nos vieron, se apartaron, y atravesamos.

[3] Después de la floresta aparecieron matorrales, y posteriormente campos gramíneos, divisos en áreas circundadas por el boj. Detrás de éstos, la tierra declinaba oblicuamente en un valle, sobre el cual había ciudades y aldeas. Nosotros preterimos algunas, e ingresamos en una sola, magna. Las avenidas de ésta eran irregulares; similarmente los domicilios. Éstos estaban construidos de ladrillos, con vigas entre yacentes y recubiertos. En las plazas públicas, había templos de piedra calcárea tallada, la construcción inferior estaba bajo tierra, y la superestructura sobre ésta. Descendimos a uno de estos templos a través de tres gradas, y vimos, circundantes a las paredes, a ídolos de varias formas, y a una turba adorando de rodillas a aquellos. En el medio estaba el coro, desde el cual era eminente en cuanto a su cabeza el Dios tutelar de aquella ciudad. Y saliendo, me dijo el ángel, que, entre los Antiguos, quienes vivieron en el Siglo de la Plata (de qué hablamos arriba), los ídolos aquellos fueron imágenes representativas de verdades espirituales, y de virtudes morales; y que cuando la Ciencia de las Correspondencias se apagó de la memoria y quedó extinta, aquellas imágenes primero fueron hechas objetos de culto, y posteriormente adoradas como Deidades. De ahí las idolatrías.

[4] Cuando estábamos fuera del templo, examinamos a los hombres, y a los vestidos de aquellos. Sus faces eran como de acero, del color gris; y estaban vestidos como comediantes, con manteles circundantes cerca de los lombos, pendientes desde una túnica estrecha contra el tórax. Y sobre las cabezas, tenían gorros anillados de marineros. Pero dijo el ángel: “Basta de esto. Seamos instruidos sobre los casamientos de los pueblos de esa Edad.”

Y entramos en el domicilio de uno de los grandes hombres, sobre cuya cabeza había un gorro en forma de torre. Éste nos recibió benignamente, y dijo: “Entrad, y conversemos.”

Entramos en el vestíbulo, y allí nos sentamos juntos. Y cuestioné a aquél sobre los casamientos de esa ciudad y región. Y dijo: “Nosotros no vivimos con una [sola] esposa, sino algunos con dos y tres, y algunos con muchas. Esto por causa, de que la variedad, la obediencia y el honor como de majestad, a nosotros nos embelesan. Tenemos estas cosas desde las esposas, cuando son muchas; con una [sola], no habría el placer desde la variedad, sino el tedio desde la identidad. Ni la satisfacción de ser obedecidos, sino lo molesto de la igualdad; ni el encanto desde la dominación y de ahí desde el honor, sino el tormento de querella desde el deseo de superioridad. ¿Y qué de la fémina? ¿Acaso no nace aquella como súbdita a la voluntad del hombre, y para que sirva, y no domine? Por lo cual, aquí cada marido tiene como una majestad real. Esto, porque nuestro amor también es la felicidad de nuestra vida.”

[5] Pero le cuestioné, sobre: “¿Dónde, entonces, está el amor conyugal, que desde dos almas hace una [sola], y conjuga las mentes, y torna al hombre feliz? Aquel amor no puede dividirse; si es dividido, se vuelve un ardor que pierde su efervescencia y fallece.” Ante estas cosas, respondió: “No entiendo las cosas que dices. ¿Qué otra cosa beatifica más al hombre, que la emulación de la esposa en pro del honor de la supereminencia de su marido?” Dichas estas cosas, el varón entró en el apartamento de las mujeres, y abrió ambas puertas. Pero de ahí efluyó lo libidinoso, que olió como el lodo. Esto era desde el amor polígamo, que es connubial y simultáneamente escortatorio. Por lo cual, me levanté, y cerré las puertas.

[6] Posteriormente dije: “¿Cómo podéis subsistir sobre esta tierra, cuando vosotros no tenéis ningún amor verdaderamente conyugal, y también adoráis ídolos?” Respondió: “En cuanto al amor connubial, celamos a nuestras esposas tan vehementemente, como para que no permitamos a ningún otro entrar a nuestros domicilios más interiormente que al vestíbulo; y porque hay celo, también hay amor. En cuanto a los Ídolos, no adoramos a aquellos, pero no somos capaces de cogitar sobre el Dios del universo, a no ser mediante imágenes colocadas ante nuestros ojos; pues no podemos elevar nuestros pensamientos por sobre las cosas sensuales del cuerpo, y a aquellas sobre Dios, por sobre las cosas visuales de aquél .”

Entonces le cuestioné de nuevo, sobre: “¿Acaso no son los ídolos vuestros diversiformes? ¿Cómo pueden aquellos inferir la visión de un solo Dios?” Ante estas cosas, respondió: “Esto es misterio para nosotros. En cualquier forma está latente algo del culto de Dios.” Y dije: “Vosotros sois meramente sensuales – corpóreos. No tenéis vosotros amor de Dios, ni el amor del cónyuge que trae algo desde lo espiritual; y estos amores, simultáneamente, forman al hombre; y a aquél, de sensual, lo hacen celeste.”

[7] Cuando dije esto, vi a través de la puerta que apareció como un fulgor. Y cuestioné sobre: “¿Qué es esto?” Dijo: “Tal fulgor es para nosotros el signo de que va a venir un Anciano desde el oriente, quien nos enseñará sobre Dios, que es Uno Solo, Único, Omnipotente, quien es el Primero y el Último. Aquél también amonesta, para que no demos culto a los ídolos, sino que tan solo escudriñemos a aquellos, como a imágenes representativas de virtudes procedentes desde el Único Dios, las cuales simultáneamente conforman el culto de Él Mismo. Este Anciano es nuestro ángel, a quien nosotros reverenciamos, y a quien obedecemos. Viene a nosotros, y nos levanta, cuando caemos en lo obscuro del culto de Dios, a partir de la fantasía sobre las imágenes.”

[8] Oídas estas cosas, salimos del domicilio y de la ciudad; y en la vía, a partir de las cosas vistas en los cielos, concluimos sobre el círculo y sobre la progresión del amor conyugal. Sobre el círculo, que transita desde el oriente al sur; de ahí al occidente; y de ahí al norte. Sobre la progresión, que decrece según la circulación. Es decir, que en el oriente fue celeste; en el sur, espiritual; en el occidente, natural; y en el norte, sensual. Y también, que decrece en similar grado con el amor y el culto de Dios.

Desde las cuales cosas esto se vuelve concluso: que aquel amor, en la primera Edad fue como el Oro; en la segunda, como Plata; en la tercera, como el Bronce; y en la cuarta, como el Hierro; y que finalmente acabó. Y entonces dijo mi ángel conductor y compañero: “Pero, sin embargo, me nutro con la esperanza, de que aquel amor será revivido por el Dios del cielo, quien es el Señor, porque puede ser revivido.”